viernes, 10 de septiembre de 2010

He encontrado mi oveja, la que estaba perdida

El padre pródigo en amor...

Traigo aquí como comentario al Evangelio de este 24º Domingo del Tiempo Común, el que pone en su sitio:
Ileana Mortari que como ella se presenta allí, es docente de italiano y latín y teóloga, caracterizada por una viva curiosidad por la cultura en general. Las lecturas están en

Se acercaban a Él [a Jesús] todos los publicanos y pecadores para escucharlo”. La frase introductoria delinea una situación habitual del ministerio de Jesús, muchas veces destacada por los evangelios y siempre acompañada de una reacción fuertemente negativa de escribas y fariseos, quienes –leemos en el texto original- “como de ordinario acostumbraban decir, criticaban” la actitud acogedora de Jesús para gente poco o nada ortodoxa según los cánones religiosos del tiempo. “El hombre no debe hacerse compañero de un impío, -decían los rabinos- ni siquiera para conducirlo al estudio de la ley”; y con mayor razón un hebreo justo no debía en absoluto compartir la mesa, gesto expresivo de profunda comunión, con paganos y pecadores, para además, no ser por ellos contaminado.
Ahora bien, ¿por qué por el contrario, Jesús no los tiene lejos de sí y no se separa de los publicanos y pecadores sino que los recibe, los llama (cf Mc 2,17), y más aún va en busca de ellos? No por cierto por el gusto de andar a contracorriente o de “provocar” a los bien pensantes, sino porque sólo de este modo podía coherentemente realizar su misión.

A diferencia de Marcos y Mateo, que indican con una sola frase, muy sintética e interpelante, el inicio del ministerio de Jesús (“¡el reino de Dios está cerca, conviértanse!), Lucas nos cuenta más en detalle su primera predicación, en la sinagoga de Nazaret (cf Lc 4, 16-30). El hijo de José había declarado que vino para cumplir las profecías del Antiguo Testamento, es decir anunciar a los pobres un alegre mensaje, proclamar a los prisioneros la liberación, predicar un año de gracia del Señor.

Así en el curso de sucesivas narraciones de Lucas vemos como Él ha proclamado felices a los pobres -en el “sermón de la llanura” (Lc 6,20 ss)-, ha liberado de la cárcel del mal a muchos enfermos y endemoniados y sobre todo ha vuelto visible la “gracia”, es decir el infinito amor, de Dios. Y este extraordinario amor viene descripto de un modo muy eficaz en las tres parábolas de la misericordia de Lc 15, no por nada colocadas al centro del tercer Evangelio y justamente consideradas el “corazón” del texto lucano.

Ellas constituyen la respuesta de Jesús a las críticas de los escribas y fariseos, que presumían ser los solos y auténticos depositarios de las Escrituras, mientras que por el contrario eran ciegos y sordos frente a la Revelación. Y esto no obstante que ya en el Antiguo Testamento era con frecuencia destacado el amor previniente y misericordioso de Dios “En aquel día congregaré a los dispersos...” (Miqueas 4, 6); “Yo mismo buscaré mis ovejas y las cuidaré” (Ezequiel 34,11); “Mi corazón se conmueve dentro de mí, mis entrañas se estremecen de compasión...No daré desahogo a mi ira, porque soy Dios y no hombre” (Oseas 11, 8).

Ahora Jesús, ya sea en su comportamiento como en las elocuentes imágenes del pastor y del padre, viene a traernos justamente este extraordinario anuncio que retoma y completa la revelación del Antiguo Testamento: Dios no espera que el hombre se convierta y llegue a ser bueno para, de verdad, quererlo; lo ama desde siempre, lo ama siendo pecador y por eso lo busca obstinadamente, “va en busca de la oveja perdida, hasta que la encuentre” (v. 4), es decir a toda costa, a cualquier precio, aun el de la propia vida. Jesús, transparencia de Dios, es el pastor bueno, que ha venido ha buscar y llamar a los pecadores para que se conviertan (Lc 5, 2), y los ha buscado cueste lo que le cueste, al punto que –como dice san Pablo- “cuando aun éramos pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5, 8)

Dios quiere que todos los hombres se salven, que todos tomen parte en el banquete escatológico de su reino; por esto –afirma Jesús solemnemente- “habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión” (v. 7). También esta revelación “escandaliza”, y no sólo a los escribas y fariseos, sino a todos aquellos que se tienen por “justos”.

Instintivamente se es siempre más indulgente y benévolo consigo mismo que con los otros y estamos prontos a fastidiarnos y criticar el comportamiento ejemplificado y solicitado por Jesús. Así sucedía en la comunidad de Lucas, como lo sabemos por el libro de los Hechos en 11, 3 “¡Has entrado en casa de hombres no circuncisos y has comido junto con ellos!” dicen a Pedro. Así, del mismo modo, continúa sucediendo entre nosotros cada vez que no sabemos testimoniar el amor de Dios, amor que sabe ver, acoger y amar al que está “perdido”.

En el n 1439 del Catecismo de la Iglesia Católica se describe el proceso de conversión y penitencia en base a la parábola del hijo pródigo, del Evangelio de este Domingo.

El proceso de la conversión y de la penitencia fue descrito maravillosamente por Jesús en la parábola llamada "del hijo pródigo", cuyo centro es "el padre misericordioso" (Lc 15,11-24): la fascinación de una libertad ilusoria, el abandono de la casa paterna; la miseria extrema en que el hijo se encuentra tras haber dilapidado su fortuna; la humillación profunda de verse obligado a apacentar cerdos, y peor aún, la de desear alimentarse de las algarrobas que comían los cerdos; la reflexión sobre los bienes perdidos; el arrepentimiento y la decisión de declararse culpable ante su padre, el camino del retorno; la acogida generosa del padre; la alegría del padre: todos estos son rasgos propios del proceso de conversión. El mejor vestido, el anillo y el banquete de fiesta son símbolos de esta vida nueva, pura, digna, llena de alegría que es la vida del hombre que vuelve a Dios y al seno de su familia, que es la Iglesia. Sólo el corazón de Cristo, que conoce las profundidades del amor de su Padre, pudo revelarnos el abismo de su misericordia de una manera tan llena de simplicidad y de belleza.

viernes, 3 de septiembre de 2010

La renuncia... una bienaventuranza

Capella della Salette

Tomo para este Domingo 23 del Tiempo Ordinario C, el comentario de Wilma Chasseur, una eremita de Valle d’Aosta –región autónoma al noreste italiano que limita con Francia y Suiza- que tiene a cargo la Capilla La Salette en Località Bussan. Puedes encontrar sus comentarios a la Palabra en
Las lecturas del domingo las puedes consultar en

¿Quieres ser feliz? Aprende a renunciar.

Estamos de nuevo considerando las tremendas exigencias de la llamada y sobretodo un dificilísimo punto clave -y del cual ninguno quisiera sentir hablar- de nuestro camino a Dios: la renuncia aún a la propia vida si fuese necesario: “Quien pierda la propia vida por mi causa, la encontrará”

1. Monte Rosa o Monte Bianco

El hombre ha sido creado libre, ahora bien libertad significa capacidad de elegir y capacidad de elegir implica a su vez capacidad de renuncia. Si hoy elijo escalar el Monte Rosa, debo por fuerza renunciar a subir contemporáneamente al Monte Bianco. Solo que esta capacidad de elegir, hoy se la quiere reducir a la que se hace en el supermercado o con el control remoto. Elijo el detergente onda verde y lo prefiero antes que al onda azul; elijo el canal France 3 y lo prefiero a Antenne 4, etc etc. Pero el hombre tiene una dignidad verdaderamente grande y es capaz de una elección en otra dimensión. Y el cristiano debe a cada instante elegir, es decir renunciar a lo que es incompatible con la propia fe.

La misma historia de la Salvación se inicia con una invitación a la renuncia; “De todos los árboles del jardín puedes comer, pero de aquel que está en el medio no, sino morirás”. ¡Era el único mandamiento! Si hubiese sabido observarlo, no hubiese sido necesario establecer otros, pero con la transgresión fueron aumentados los mandamientos y también ahora vemos que cuanto más el hombre transgrede más aumentan las leyes. Y la vida se complica siempre más precisamente por que el hombre no es capaz de renunciar, es decir no es capaz de elegir el bien en lugar del mal.

2. Pero, ¿por qué la renuncia?

¿Pero por qué la renuncia a cosas legítimas, debidas, saludables y también convenientes – ¡al menos a nosotros nos parecen así!-? Ésta, para mi, es la prueba más cierta y también más bella de la existencia de Dios. Y no sólo de su existencia sino sobre todo de su Amor por nosotros, de hecho si no fuésemos destinados a la Gloria y no fuésemos llamados a la comunión con Él ya desde aquí, y si Él no quisiese venir a habitar en nosotros, no habría ninguna renunciar para hacer.

¿Qué quiere Dios de mí? Te lo habrás preguntado tantas veces. Y bien, ¡Dios de tí quiere... a tí! ¡Nada menos! He aquí por qué nos pide renunciar a todo lo que mal llena nuestro corazón. A este corazón Él, quiere llenarlo de Sí mismo. “Abre la boca, la quiero llenar” dice un salmo. Sí, abre la boca, o el corazón, o la mano, que el fruto de la Gloria Yo te lo quiero dar –dice el Señor-, pero ¡ojo! no la cierres, porque cerrándola tomarías sólo lo finito, mientras Yo soy el infinito. La única cosa que Yo no te puedo dar es aquella que tú te quieres tomar por rapiña. Renunciar significa no cerrar la mano, sino permanecer con las manos y el corazón abiertos, como un pobre mendigo que sabe que sólo puede recibir. Mientras que cerrar la mano sobre el fruto, quiere decir apropiarse de cosas finitas, limitadas, efímeras, que no saciarán nunca nuestra necesidad de infinito, sino que sólo servirán para llenar nuestro corazón de un gran vacío.

3 ¿Tenemos hambre de Dios?

Somos hechos de inteligencia y voluntad –además de corporeidad-. Ahora bien, la definición filosófica de la inteligencia es de tener hambre de la verdad, y la de la voluntad es tener hambre del bien –o del máximo bien que es Dios-. Pero después del pecado original y de cualquier otro pecado, nuestras facultades espirituales, han perdido su orientación natural hacia lo alto y se han replegado hacia lo bajo – san Anselmo la definía “natura curva”- de modo que en vez de tener hambre de Dios, hemos llegado a tener hambre de poder, de dinero, de dominio, etc etc La renuncia a estos apegos es justamente la que nos permite volver a tener hambre del bien y de reencontrar el señorío sobre nosotros mismos y liberarnos de la esclavitud de las cosas. Por eso la renuncia es una verdadera y propia bienaventuranza porque nos vuelve de nuevo capaces de desear a Dios, enderezando nuestra naturaleza curvada y orientándola hacia Dios. Si queremos reencontrar la salud originaria de nuestra alma, que es de ser como una bellísima flor que está naturalmente orientada hacia el Sol, debemos saber vivir la renuncia como una bienaventuranza, la que nos permitirá llegar a ser receptáculos puros de la Luz divina, reflejando sus esplendores.

Agrego aquí un párrafo de la homilía pronunciada por Benedicto XVI en la Misa [Dgo. 23 TOC] celebrada en el pueblo natal de León XIII, Carpineto Romano, que hoy 5 de setiembre visitó con motivo del bicentenario del nacimiento de este papa.

Hemos escuchado la Palabra de Dios, y es espontáneo acogerla, en esta circunstancia, volviendo a pensar en la figura del Papa León XIII y en la herencia que nos ha dejado. El tema principal que emerge de la lectura bíblica es el del primado de Dios y de Cristo. En el pasaje evangélico, extraído de san Lucas, Jesús mismo declara con franqueza tres condiciones necesarias para ser sus discípulos: Amarle más que a nadie y más que a la misma vida; llevar la propia cruz y seguirlo; y renunciar a todas las posesiones. Jesús ve una gran multitud que lo sigue junto a sus discípulos, y con todos quiere ser claro: seguirlo es comprometido, no puede depender de entusiasmos ni de oportunismos; debe ser una decisión ponderada, tomada después de preguntarse en conciencia: ¿quién es Jesús para mí? ¿Es verdaderamente “el Señor”, ocupa el primer lugar, como el Sol en torno al cual giran todos los planetas? Y la primera lectura, del Libro de la Sabiduría, nos sugiere indirectamente el primer motivo de este primado absoluto de Jesucristo: en Él encuentran respuesta las preguntas del hombre de toda época que busca la verdad sobre Dios y sobre sí mismo. Dios está más allá de nuestro alcance, y sus designios son inescrutables. Pero Él mismo ha querido revelarse, en la creación y sobre todo en la historia de la salvación, hasta que en Cristo se ha manifestado plenamente a sí mismo y su voluntad. Aun permaneciendo siempre verdadero que “a Dios nadie le ha visto jamás” (Jn 1,18), ahora nosotros conocemos su “nombre”, su “rostro”, y también su querer, porque nos lo ha revelado Jesús, que es la Sabiduría de Dios hecha hombre. “Así -escribe el Autor sagrado de la primera Lectura- aprendieron los hombres lo que a ti te agrada y gracias a la Sabiduría se salvaron” (Sb, 9,18).

miércoles, 25 de agosto de 2010

Los humildes... Domingo 22 TOC

Jesús y el fariseo.

Un breve comentario de Yvette Mailliet le Penven, una estudiosa francesa de la Biblia que comparte en este sitio: http://www.y-mailliet-le-penven.net/  su sabiduría, nos ayuda a leer orando el Evangelio de este domingo.
Encuentras las lecturas en:  http://www.diesdomini.wordpress.com 

El orgullo y la arrogancia desacreditan radicalmente todas las apariencias de una “buena” cualidad. La humildad por el contrario garantiza su autenticidad. La humildad hace que seamos “más amados que un bienhechor” dice Ben Sirac, el Sabio. Además, los humildes dan gloria a la Omnipotencia de Dios, a la que ellos se confían. La situación de los orgullosos no “tiene remedio”, no pueden encontrar gracia delante de Dios hasta tanto “la raíz” de este mal no sea arrancada de sus corazones.

Con su ejemplo como con su enseñanza, Jesús ha proclamado que Dios eleva a los humildes y confunde a los orgullosos (así como lo canta María en el Magnificat, Lc 1, 51-53). La ocasión de enseñarlo le vino en particular a Jesús un día que fue a comer a lo de un fariseo. Viendo a los invitados elegir los primeros lugares, les dijo una parábola frente al riesgo de que los mandaran al último lugar en el caso de que llegara alguno de mayor rango que ellos. Hablando así, Jesús no les da un consejo –sería muy banal- para “vivir bien”.

“Quién se enaltece será humillado, quien se humilla será elevado”

Esta sentencia muestra que la enseñanza de esta parábola –como de todas las otras- se refiere a la fe, a la manera en la que los discípulos deben comportarse en la perspectiva de la entrada [y pertenencia] al Reino.

Hoy domingo 29 de agosto, agrego a esta entrada el comentario que Benedicto XVI hizo en el Angelus a Lc 14, 1.7-14

Queridos hermanos y hermanas, en el Evangelio de este domingo (Lc 14,1.7-14), encontramos a Jesús como comensal en la casa de un jefe de los fariseos. Dándose cuenta de que los invitados elegían los primeros puestos en la mesa, Él contó una parábola, ambientada en un banquete nupcial. “Si te invitan a un banquete de bodas, no te coloques en el primer lugar, porque puede suceder que haya sido invitada otra persona más importante que tú, y cuando llegue el que los invitó a los dos, tenga que decirte: 'Déjale el sitio' ... Al contrario, cuando te inviten, ve a colocarte en el último sitio” (Lc 14,8-10). El Señor no pretende dar una lección sobre etiqueta, ni sobre la jerarquía entre las distintas autoridades. Él insiste más bien en un punto decisivo, que es el de la humildad: “el que ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado” (Lc 14,11). Esta parábola, en un significado más profundo, hace pensar también en la posición del hombre en relación con Dios. El “último lugar” puede representar de hecho la condición de la humanidad degradada por el pecado, condición por la cual sólo la encarnación del Hijo Unigénito puede ensalzarla. Por esto el propio Cristo “tomó el último lugar en el mundo -la cruz- y precisamente con esta humildad radical nos ha redimido y nos ayuda constantemente” (Enc. Deus caritas est, 35).


Al final de la parábola, Jesús sugiere al jefe de los fariseos que invite a su mesa no a sus amigos o parientes o vecinos ricos, sino a las personas más pobres y marginadas, que no tienen modo de devolvérselo (cfr Lc 14,13-14), para que el don sea gratuito. La verdadera recompensa, de hecho, al final, la dará Dios, “que gobierna el mundo... Nosotros le prestamos nuestro servicio en lo que podamos y hasta que Dios nos dé la fuerza para ello” (Enc. Deus caritas est, 35). Una vez más, por tanto, vemos a Cristo como modelo de humildad y de gratuidad: de Él aprendemos la paciencia en las tentaciones, la mansedumbre en las ofensas, la obediencia a Dios en el dolor, a la espera de que Aquél que nos ha invitado nos diga: “Amigo, sube más arriba” (cfr Lc 14,10); el verdadero bien, de hecho, es estar cerca de Él.

sábado, 21 de agosto de 2010

La puerta estrecha. Domingo 21 TOC.

Entrada a la Basílica de la Natividad en Belén.

Comparto aquí la reflexión de Enzo Bianchi, Prior del Monasterio de Bose, sobre el Evangelio de este Domingo 21 del Tiempo durante el año, ciclo C, cuyas lecturas podés encontrar en el blog diesdomini.

¿Cómo salvarse, cómo ser salvado? Esta pregunta que habita el corazón de todos los hombres –pregunta que a veces se manifiesta como una búsqueda hecha con determinación, otras como un grito desesperado y en otras bajo la forma de un gemido mudo- está en el centro del Evangelio de este domingo.

Jesús está en camino hacia Jerusalén, está recorriendo decididamente (cf Lc 9,51) el camino que lo llevará a la injusta muerte de cruz. A alguien que se le acerca y le pregunta: «¿Son pocos los que se salvan?» El responde: «Luchen por entrar por la puerta estrecha, porque muchos intentarán entrar pero no podrán». «La vida cristiana requiere esfuerzo, fatiga, exige “pelear el buen combate de la fe” (1 Tim 6,12) », no es una lucha contra otros hombres, sino una batalla que cada uno de nosotros combate en el propio corazón contra el dominio del mal y del pecado (cf Ef 6,10-17), contra «el pecado, que siempre nos asedia» (Heb 12,1), contra aquellas pulsiones que dormitan en nuestras profundidades y que, con frecuencia, se despiertan con una prepotencia agresiva, hasta asumir el rostro de tentaciones seductoras... Es la misma batalla que combatió y en la que venció Jesús mediante su fidelidad a la Palabra de Dios y la oración, desde la victoria en las tentaciones del desierto (cf Lc 4,1-13) a la noche de Getsemaní (cf Lc 22, 39-46) y por cierto hasta la cruz (cf Lc 23, 33-34), él vive en primera persona tal lucha y también en esto es la puerta a través de la cual se entra en el Reino (cf Jn 10,7).
No se trata de voluntarismo, de un esfuerzo que arrebate la salvación, sino de predisponer cada fibra de nuestro ser para acoger el don de la gracia de Dios, «porque Él quiere que todos se salven» (1Tim 2,4), y a todos ofrece esta salvación en Jesucristo; es a Cristo mismo a quien podemos invocar con plena confianza, «¡Que en mi lucha estés Tú luchando!» (Sal 42,1; 118,154). Sí, nuestra “batalla” tiene sentido y esperanza de victoria sólo si pasa a través de la relación con Jesús. Por esto Él habla de un dueño de casa, el Señor, que puede abrir o cerrar la puerta; el juicio sobre cada uno de nosotros pertenece sólo a Él. Y es un juicio que develará la verdad profunda de nuestra vida, la realidad de nuestra comunión vivida, en mayor o menor medida, con Cristo, es decir el nuestro haber amado, en mayor o menor medida, a los otros como Él los ha amado (cf Jn 13,34; 15,12), los otros en quienes Él está presente (Mt 25, 31-46). Esto es lo que cuenta, no la garantía que pretendemos adquirir de nuestra pertenencia eclesial («Tú, Señor, has enseñado en nuestras plazas»), o de nuestra participación en el sacramento de la Eucaristía («Hemos comido y bebido en tu presencia»). Si no vivimos el amor hoy, de nada nos servirá en el último día tocar a la puerta y suplicar, «¡Señor, ábrenos!» entonces oiremos responder: « No los conozco, no sé de donde son ustedes... Aléjense de mí todos ustedes que obran la injusticia!».
Jesús agrega luego una palabra de gran esperanza, «Y vendrán muchos de Oriente y de Occidente, del Norte y del Sur, a ocupar su lugar en el banquete del Reino de Dios.» Es el banquete escatológico ya anunciado por los profetas (cf Is 25,6-10; 66, 18-21), abierto a las mujeres y a los hombres de toda la tierra. Jesús ha inaugurado este banquete al sentarse en la mesa junto a los publicanos y pecadores (cf Lc 7,34); con su práctica de humanidad Él nos ha descripto que cosa es una vida salvada, una vida plenamente humana, capaz de amar la tierra y de servir a Dios en libertad y por amor. Es al término de esta vida que Jesús hizo resonar, para todos, su promesa: «Yo prepararé para ustedes un reino para que coman y beban en mi mesa» (cf Lc 22, 29-30). Esta es la meta que nos espera y la única condición requerida para tomar parte de esta gozosa fiesta escatológica, del “banquete de bodas del Cordero” (Apoc 19,9), es la buena lucha por vivir, aquí y ahora, como Jesús ha vivido.
“Hay algunos que son los últimos y serán los primeros, y hay otros que son los primeros y serán los últimos”, esta última afirmación de Jesús nos pone en guardia, es una importante monición a valorar el hoy de nuestra existencia no según criterios mundanos o superficiales, sino con sus mismos ojos. No olvidemos lo que escribía san Agustín: “En el último día muchos que se consideraban estar adentro se descubrirán afuera, mientras que muchos que pensaban estar afuera serán encontrados adentro”...

lunes, 7 de junio de 2010

Corpus Christi

Con el corazón todavía puesto en el Misterio del Santísimo Cuerpo y Sangre de Jesús en la Eucaristía, iluminando y fortaleciendo nuestra vida diaria, pongamos el oído a esta reflexión del Papa Benedicto XVI, hecha en la Homilía de la Misa del jueves 3 de este 2010, en Roma.

Homilía en la Solemnidad del “Corpus Christi”

Queridos hermanos y hermanas

El sacerdocio del Nuevo Testamento está estrechamente ligado a la Eucaristía. Por esto hoy, en la solemnidad del Corpus Domini y casi al término del Año Sacerdotal, somos invitados a meditar sobre la relación entre la Eucaristía y el Sacerdocio de Cristo. En esta dirección nos orientan también la primera lectura y el salmo responsorial, que presentan la figura de Melquisedec. El breve pasaje del Libro del Génesis (cfr 14,18-20) afirma que Melquisedec, rey de Salem, era "sacerdote del Dios altísimo", y por esto "ofreció pan y vino" y "bendijo a Abraham", que volvía de una victoria en la batalla; Abraham mismo le dio el diezmo de todo. El salmo, a su vez, contiene en la última estrofa una expresión solemne, un juramento de Dios mismo, que declara al Rey Mesías: “Tú eres sacerdote para siempre / a semejanza de Melquisedec" (Sal 110,4); así el Mesías es proclamado no sólo Rey, sino también Sacerdote. De este pasaje parte el autor de la Carta a los Hebreos para su amplia y articulada exposición. Y nosotros lo hemos recogido en el estribillo: "Tu eres sacerdote para siempre, Cristo Señor": casi una profesión de fe, que adquiere un particular significado en la fiesta de hoy. Es la alegría de la comunidad, la alegría de la Iglesia entera, que contemplando y adorando al Santísimo Sacramento, reconoce en él la presencia real y permanente de Jesús sumo y eterno Sacerdote.


La segunda lectura y el Evangelio llevan en cambio la atención al misterio eucarístico. De la Primera Carta a los Corintios (cfr 11,23-26) se ha tomado el pasaje fundamental en el que san Pablo recuerda a esa comunidad el significado y el valor de la "Cena del Señor", que el Apóstol había transmitido y enseñado, pero que corría el riesgo de perderse. El Evangelio en cambio es el relato del milagro de los panes y de los peces, en la redacción de san Lucas: un signo atestiguado por todos los evangelistas y que preanuncia el don que Cristo hará de sí mismo, para dar a la humanidad la vida eterna. Ambos textos ponen de relieve la oración de Cristo, en el momento de partir el pan. Naturalmente, hay una diferencia clara entre los dos momentos; cuando reparte los panes y los peces a la multitud, Jesús da gracias al Padre celestial por su providencia, confiando en que Él no hará faltar el alimento a toda aquella gente. En la Última Cena, en cambio, Jesús transforma el pan y el vino en su propio Cuerpo y Sangre, para que los discípulos puedan nutrirse de Él y vivir en comunión íntima y real con Él.


La primera cosa que hay que recordar siempre es que Jesús no era un sacerdote según la tradición judaica. La suya no era una familia sacerdotal. No pertenecía a la descendencia de Aarón, sino a la de Judá, y por tanto legalmente le estaba excluida la vía del sacerdocio. La persona y la actividad de Jesús de Nazaret no se colocan en la estela de los sacerdotes antiguos, sino más bien en la de los profetas. Y en esta línea, Jesús tomó distancia con una concepción ritual de la religión, criticando la postura que daba mayor valor a los preceptos humanos ligados a la pureza ritual más que a la observancia de los mandamientos de Dios, es decir, al amor de Dios y al prójimo, que como dice el Evangelio, “vale más que todos los holocaustos y sacrificios” (Mc 12,33). Incluso dentro del Templo de Jerusalén, lugar sagrado por excelencia, Jesús lleva a cabo un gesto exquisitamente profético, cuando expulsa a los cambistas y a los vendedores de animales, cosas todas que servían para la ofrenda de los sacrificios tradicionales. Por tanto, Jesús no es reconocido como un Mesías sacerdotal, sino profético y real. También su muerte, que nosotros los cristianos llamamos justamente "sacrificio", no tenía nada de los sacrificios antiguos, al contrario, era totalmente lo opuesto: la ejecución de una condena a muerte, por crucifixión, la más infamante, sucedida fuera de los muros de Jerusalén.


Entonces, ¿en qué sentido Jesús es sacerdote? Nos lo dice precisamente la Eucaristía. Podemos volver a partir de esas sencillas palabras que describen a Melquisedec: “ofreció pan y vino” (Gn 14,18). Y esto es lo que hizo Jesús en la Última Cena: ofreció pan y vino, y en ese gesto se resumió totalmente a sí mismo y a su propia misión. En ese acto, en la oración que lo precede y en las palabras que lo acompañan está todo el sentido del misterio de Cristo, tal y como lo expresa la Carta a los Hebreos en un pasaje decisivo, que es necesario citar: "Habiendo ofrecido en los días de su vida mortal – escribe el autor, refiriéndose a Jesús – ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente, y aun siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia; y llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen, proclamado por Dios Sumo Sacerdote a semejanza de Melquisedec" (5,8-10). En este texto, que claramente alude a la agonía espiritual del Getsemaní, la pasión de Cristo se presenta como una oración y como una ofrenda. Jesús afronta su “hora”, que lo conduce a la muerte de cruz, inmerso en una profunda oración, que consiste en la unión de su propia voluntad con la del Padre. Esta doble y única voluntad es una voluntad de amor. Vivida en esta oración, la trágica prueba que Jesús afronta es transformada en ofrenda, en sacrificio viviente.


Dice la Carta que Jesús "fue escuchado". ¿En qué sentido? En el sentido de que Dios Padre lo liberó de la muerte y lo resucitó. Fue escuchado precisamente por su pleno abandono a la voluntad del Padre: el designio de amor de Dios ha podido realizarse perfectamente en Jesús, que, habiendo obedecido hasta el extremo de la muerte en cruz, se ha convertido en “causa de salvación” para todos aquellos que le obedecen. Se ha convertido en Sumo Sacerdote por haber tomado Él mismo sobre sí todo el pecado del mundo, como “Cordero de Dios”. Es el Padre el que le confiere este sacerdocio en el momento mismo en que Jesús atraviesa el paso de su muerte y resurrección. No es un sacerdocio según el ordenamiento de la ley mosaica (cfr Lv 8-9), sino "según el orden de Melquisedec", según un orden profético, dependiente sólo de su relación singular con Dios.


Volvamos a la expresión de la Carta a los Hebreos que dice: “aun siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia”. El sacerdocio de Cristo comporta el sufrimiento. Jesús ha sufrido verdaderamente, y lo ha hecho por nosotros. Él era el Hijo y no tenía necesidad de aprender la obediencia, pero nosotros sí, teníamos y tenemos necesidad siempre de ella. Por ello el Hijo asumió nuestra humanidad y se dejó “educar” por nosotros en el crisol del sufrimiento, se dejó transformar por él, como el grano de trigo que para dar fruto debe morir en la tierra. A través de este proceso Jesús ha sido “perfeccionado”, en griego teleiotheis. Debemos detenernos en este término, porque es muy significativo. Éste indica el cumplimiento de un camino, es decir, precisamente el camino de educación y transformación del Hijo de Dios mediante el sufrimiento, mediante la pasión dolorosa. Es gracias a esta transformación que Jesucristo se ha convertido en "sumo sacerdote" y puede salvar a todos aquellos que se confían a Él. El término teleiotheis, traducida justamente como “hecho perfecto”, pertenece a una raíz verbal que, en la versión griega del Pentateuco, es decir, los primeros cinco libros de la Biblia, se usa siempre para indicar la consagración de los antiguos sacerdotes. Este descubrimiento es muy precioso, porque nos dice que la pasión fue para Jesús como una consagración sacerdotal. Él no era sacerdote según la Ley, pero lo ha llegado a ser de forma existencial en su Pascua de pasión, muerte y resurrección: se ofreció a sí mismo en expiación y el Padre, exhaltándolo por encima de toda criatura, lo ha constituido Mediador universal de salvación.


Volvamos, en nuestra meditación, a la Eucaristía, que dentro de poco estará en el centro de nuestra asamblea litúrgica. En ella Jesús anticipó su Sacrificio, un Sacrificio no ritual, sino personal. En la Última Cena Él actúa movido por ese "espíritu eterno" con el que se ofrecerá después sobre la Cruz (cfr Hb 9,14). Dando las gracias y bendiciendo, Jesús transforma el pan y el vino. Es el amor divino que transforma: el amor con que Jesús acepta por anticipado darse completamente a sí mismo por nosotros. Este amor no es otro que el Espíritu Santo, el Espíritu del Padre y del Hijo, que consagra el pan y el vino y cambia su sustancia en el Cuerpo y en la Sangre del Señor, haciendo presente en el Sacramento el mismo Sacrificio que se realiza después de forma cruenta en la Cruz. Podemos por tanto concluir que Cristo fue sacerdote verdadero y eficaz porque estaba lleno de la fuerza del Espíritu Santo, estaba lleno de toda la plenitud del amor de Dios, y esto precisamente “en la noche en que fue traicionado”, precisamente en la “hora de las tinieblas” (cfr Lc 22,53). Es esta fuerza divina, la misma que realizó la Encarnación del Verbo, la que transforma la extrema violencia y la extrema injusticia en un acto supremo de amor y de justicia. Esta es la obra del sacerdocio de Cristo, que la Iglesia ha heredado y prolonga en la historia, en la doble forma del sacerdocio común de los bautizados y del ordenado de los ministros, para transformar el mundo con el amor de Dios. Todos, sacerdotes y fieles, nos nutrimos de la misma Eucaristía, todos nos postramos a adorarla, porque en ella está presente nuestro Maestro y Señor, está presente el verdadero Cuerpo de Jesús, Víctima y Sacerdote, salvación del mundo. ¡Venid, exultemos con cantos de alegría! ¡Venid, adoremos! Amén.

ROMA, jueves 3 de junio de 2010.