jueves, 28 de marzo de 2013

Misa Crismal, Papa Francisco. Homilía

Papa Francisco sopla sobre el Crisma, aceite perfumado.
Queridos hermanos y hermanas
Celebro con alegría la primera Misa Crismal como Obispo de Roma. Os saludo a todos con afecto, especialmente a vosotros, queridos sacerdotes, que hoy recordáis, como yo, el día de la ordenación.
Las Lecturas, también el Salmo, nos hablan de los «Ungidos»: el siervo de Yahvé de Isaías, David y Jesús, nuestro Señor. Los tres tienen en común que la unción que reciben es para ungir al pueblo fiel de Dios al que sirven; su unción es para los pobres, para los cautivos, para los oprimidos... Una imagen muy bella de este «ser para» del santo crisma es la del Salmo 133: «Es como óleo perfumado sobre la cabeza, que se derrama sobre la barba, la barba de Aarón, hasta la franja de su ornamento» (v. 2). La imagen del óleo que se derrama, que desciende por la barba de Aarón hasta la orla de sus vestidos sagrados, es imagen de la unción sacerdotal que, a través del ungido, llega hasta los confines del universo representado mediante las vestiduras.
La vestimenta sagrada del sumo sacerdote es rica en simbolismos; uno de ellos, es el de los nombres de los hijos de Israel grabados sobre las piedras de ónix que adornaban las hombreras del efod, del que proviene nuestra casulla actual, seis sobre la piedra del hombro derecho y seis sobre la del hombro izquierdo (cf. Ex 28,6-14). También en el pectoral estaban grabados los nombres de las doce tribus de Israel (cf. Ex 28,21). Esto significa que el sacerdote celebra cargando sobre sus hombros al pueblo que se le ha confiado y llevando sus nombres grabados en el corazón. Al revestirnos con nuestra humilde casulla, puede hacernos bien sentir sobre los hombros y en el corazón el peso y el rostro de nuestro pueblo fiel, de nuestros santos y de nuestros mártires, que en este tiempo son tantos.
De la belleza de lo litúrgico, que no es puro adorno y gusto por los trapos, sino presencia de la gloria de nuestro Dios resplandeciente en su pueblo vivo y consolado, pasamos ahora a fijarnos en la acción. El óleo precioso que unge la cabeza de Aarón no se queda perfumando su persona sino que se derrama y alcanza «las periferias». El Señor lo dirá claramente: su unción es para los pobres, para los cautivos, para los enfermos, para los que están tristes y solos. La unción, queridos hermanos, no es para perfumarnos a nosotros mismos, ni mucho menos para que la guardemos en un frasco, ya que se pondría rancio el aceite... y amargo el corazón.
Al buen sacerdote se lo reconoce por cómo anda ungido su pueblo; esta es una prueba clara. Cuando la gente nuestra anda ungida con óleo de alegría se le nota: por ejemplo, cuando sale de la misa con cara de haber recibido una buena noticia. Nuestra gente agradece el evangelio predicado con unción, agradece cuando el evangelio que predicamos llega a su vida cotidiana, cuando baja como el óleo de Aarón hasta los bordes de la realidad, cuando ilumina las situaciones límites, «las periferias» donde el pueblo fiel está más expuesto a la invasión de los que quieren saquear su fe. Nos lo agradece porque siente que hemos rezado con las cosas de su vida cotidiana, con sus penas y alegrías, con sus angustias y sus esperanzas. Y cuando siente que el perfume del Ungido, de Cristo, llega a través nuestro, se anima a confiarnos todo lo que quieren que le llegue al Señor: «Rece por mí, padre, que tengo este problema...». «Bendígame, padre», y «rece por mí» son la señal de que la unción llegó a la orla del manto, porque vuelve convertida en súplica, súplica del Pueblo de Dios. Cuando estamos en esta relación con Dios y con su Pueblo, y la gracia pasa a través de nosotros, somos sacerdotes, mediadores entre Dios y los hombres. Lo que quiero señalar es que siempre tenemos que reavivar la gracia e intuir en toda petición, a veces inoportunas, a veces puramente materiales, incluso banales – pero lo son sólo en apariencia – el deseo de nuestra gente de ser ungidos con el óleo perfumado, porque sabe que lo tenemos. Intuir y sentir como sintió el Señor la angustia esperanzada de la hemorroísa cuando tocó el borde de su manto. Ese momento de Jesús, metido en medio de la gente que lo rodeaba por todos lados, encarna toda la belleza de Aarón revestido sacerdotalmente y con el óleo que desciende sobre sus vestidos. Es una belleza oculta que resplandece sólo para los ojos llenos de fe de la mujer que padecía derrames de sangre. Los mismos discípulos – futuros sacerdotes – todavía no son capaces de ver, no comprenden: en la «periferia existencial» sólo ven la superficialidad de la multitud que aprieta por todos lados hasta sofocarlo (cf. Lc 8,42). El Señor en cambio siente la fuerza de la unción divina en los bordes de su manto.
Así hay que salir a experimentar nuestra unción, su poder y su eficacia redentora: en las «periferias» donde hay sufrimiento, hay sangre derramada, ceguera que desea ver, donde hay cautivos de tantos malos patrones. No es precisamente en autoexperiencias ni en introspecciones reiteradas que vamos a encontrar al Señor: los cursos de autoayuda en la vida pueden ser útiles, pero vivir nuestra vida sacerdotal pasando de un curso a otro, de método en método, lleva a hacernos pelagianos, a minimizar el poder de la gracia que se activa y crece en la medida en que salimos con fe a darnos y a dar el Evangelio a los demás; a dar la poca unción que tengamos a los que no tienen nada de nada.
El sacerdote que sale poco de sí, que unge poco – no digo «nada» porque, gracias a Dios, la gente nos roba la unción – se pierde lo mejor de nuestro pueblo, eso que es capaz de activar lo más hondo de su corazón presbiteral. El que no sale de sí, en vez de mediador, se va convirtiendo poco a poco en intermediario, en gestor. Todos conocemos la diferencia: el intermediario y el gestor «ya tienen su paga», y puesto que no ponen en juego la propia piel ni el corazón, tampoco reciben un agradecimiento afectuoso que nace del corazón. De aquí proviene precisamente la insatisfacción de algunos, que terminan tristes, sacerdotes tristes, y convertidos en una especie de coleccionistas de antigüedades o bien de novedades, en vez de ser pastores con «olor a oveja» – esto os pido: sed pastores con «olor a oveja», que eso se note –; en vez de ser pastores en medio al propio rebaño, y pescadores de hombres. Es verdad que la así llamada crisis de identidad sacerdotal nos amenaza a todos y se suma a una crisis de civilización; pero si sabemos barrenar su ola, podremos meternos mar adentro en nombre del Señor y echar las redes. Es bueno que la realidad misma nos lleve a ir allí donde lo que somos por gracia se muestra claramente como pura gracia, en ese mar del mundo actual donde sólo vale la unción – y no la función – y resultan fecundas las redes echadas únicamente en el nombre de Aquél de quien nos hemos fiado: Jesús.
Queridos fieles, acompañad a vuestros sacerdotes con el afecto y la oración, para que sean siempre Pastores según el corazón de Dios.
Queridos sacerdotes, que Dios Padre renueve en nosotros el Espíritu de Santidad con que hemos sido ungidos, que lo renueve en nuestro corazón de tal manera que la unción llegue a todos, también a las «periferias», allí donde nuestro pueblo fiel más lo espera y valora. Que nuestra gente nos sienta discípulos del Señor, sienta que estamos revestidos con sus nombres, que no buscamos otra identidad; y pueda recibir a través de nuestras palabras y obras ese óleo de alegría que les vino a traer Jesús, el Ungido.
Amén.
Jueves Santo - Basílica de San Pedro
Vaticano, 28 de marzo de 2013

lunes, 18 de marzo de 2013

V Domingo de Cuaresma - C

Posteo la reflexión de Papa Francisco del primer Angelus que reza en el primer Domingo de su Pontificado.
Ev. Jn 8, 1-11

¡Hermanos y hermanas, buen día!
¡Después del primer encuentro del miércoles pasado, hoy puedo dirigirles de nuevo mi saludo a todos! Me siento feliz de hacerlo en domingo, ¡en el día del Señor! Esto es hermoso, es importante para nosotros cristianos: encontrarnos en domingo, saludarnos, hablarnos, como aquí ahora en la plaza. Una plaza que gracias a los media, tiene la dimensión del mundo.
En este quinto Domingo de Cuaresma, el Evangelio nos presenta el episodio de la mujer adúltera (cf Jn 8, 1-11), que Jesús salva de la condena de muerte. Impresiona la actitud de Jesús, no escuchamos palabras de desprecio, no escuchamos palabras de condena, sino sólo palabras de amor, de misericordia, que invitan a la conversión. “Yo tampoco te condeno: ve y de ahora en adelante no peques más” (v. 11).
Eh!, hermanos y hermanas, el rostro de Dios es el de un padre misericordioso, que siempre tiene paciencia. ¿Han pensado ustedes en la paciencia de Dios? ¿la paciencia que él tiene con cada uno de nosotros? Esa es su misericordia. Siempre tiene paciencia, paciencia con nosotros, nos comprende, nos escucha, no se cansa de perdonarnos si sabemos volver a él con el corazón contrito. “Grande es la misericordia del Señor”, dice el Salmo.
En estos días he podido leer un libro de un Cardenal –el Cardenal Kasper, un teólogo lúcido, un buen teólogo- sobre la misericordia. Y me ha hecho tanto bien aquel libro, pero ¡no crean que hago publicidad a los libros de mis cardenales! (dice riéndose). ¡No es así! Pero me ha hecho tanto bien, tanto bien… El Cardenal Kasper decía que escuchar misericordia, esta palabra cambia todo. Es lo mejor que podemos escuchar: cambia el mundo. Un poco de misericordia hace al mundo menos frío y más justo. Tenemos necesidad de comprender bien esta misericordia de Dios, este Padre misericordioso que tiene tanta paciencia… Recordemos el profeta Isaías, que afirma que aunque si nuestros pecados fuesen rojos escarlata, el amor de Dios los volverá blancos como la nieve. ¡Es hermoso, esto de la misericordia! Recuerdo, recién Obispo, en el año 1992, había llegado a Buenos Aires la Señora de Fátima y se hizo una gran Misa por los enfermos. Fui a confesar, en aquella Misa. Y casi al final de la Misa me levanto, porque debía administrar una confirmación. Viene a mí una mujer anciana, humilde, muy humilde, más de ochenta años. La miré y le dije: “¿Abuela –porque allí nosotros decimos así a las ancianas: abuela- usted quiere confesarse?”. “Sí”, me dijo. “Pero si usted no ha pecado…”. Y ella me dijo: “Todos hemos pecado…”. “Pero tal vez el Señor no los perdona…”. “El Señor perdona todo”, me dijo: segura. “Pero ¿cómo lo sabe, usted, señora?”. “Si el Señor no perdonase todo, el mundo no existiría”. Sentí ganas de preguntarle: “¿Dígame, señora, usted ha estudiado en la Gregoriana?”, porque esta es la sabiduría que da el Espíritu Santo: la sabiduría interior sobre la misericordia de Dios. No olvidemos esta palabra: Dios nunca se cansa de perdonarnos. ¡Pero! “Eh, padre, ¿cuál es el problema?”. Eh, el problema es que nosotros nos cansamos de pedir perdón, nosotros no queremos, nos cansamos de pedir perdón. Él nunca se cansa de perdonar, pero nosotros, a veces, nos cansamos de pedir perdón. ¡No nos cansemos más, no nos cansemos más! Él es el Padre amoroso que siempre perdona, que tiene aquel corazón de misericordia por todos nosotros. Y también nosotros aprendemos a ser misericordiosos con todos. Invoquemos la intercesión de la Señora que ha tenido entre sus brazos a la Misericordia hecha hombre.
Ahora todos juntos rezamos el Angelus
(Rezamos el Angelus)
Dirijo un cordial saludo a todos los peregrinos. Gracias por vuestra acogida y por vuestras oraciones. Recen por mí, se los pido. Renuevo mi abrazo a los fieles de Roma y lo extiendo a todos ustedes, que vienen de varias partes de Italia y del mundo, como asimismo a cuantos están unidos a nosotros a través de los medios de comunicación. He elegido el nombre del Patrón de Italia, San Francisco de Asís, y esto refuerza mi vinculación espiritual con esta tierra, donde –como saben- están los orígenes de mi familia. Pero Jesús nos ha llamado a formar parte de una nueva familia: su Iglesia, en esta familia de Dios, caminando juntos sobre el camino del Evangelio.
¡Que el Señor los bendiga!
¡Que la Señora los cuide!!
No olviden esto: ¡el Señor nunca se cansa de perdonar! Somos nosotros que nos cansamos de pedir el perdón.
¡Buen domingo y buen almuerzo!

jueves, 21 de octubre de 2010

Orar con fe, sin fatigarse... 29º TOC

Compartimos aquí párrafos de la homilía de Benedicto XVI en la Misa de canonización de seis beatos. Una de ellos es una clarisa, la hermana Bautista Camila Varano. Puedes leer aquí también la parte en la que Benedicto XVI se refirió a ella.

La liturgia de este domingo nos ofrece una enseñanza fundamental: la necesidad de rezar siempre, sin cansarse. A veces nosotros nos cansamos de rezar, tenemos la impresión de que la oración no es tan útil para la vida, que es poco eficaz. Por eso somos tentados a dedicarnos a la actividad, a emplear todos los medios humanos para lograr nuestros objetivos, y no recurrimos a Dios. Jesús en cambio afirma que es necesario rezar siempre, y lo hace mediante una específica parábola. (cf. Lc 18, 1-8).
Ésta habla de un juez que no teme a Dios y no tiene cuidado por ninguno, un juez que no tiene una actitud positiva, sino que busca sólo el propio interés. No tiene temor al juicio de Dios y no tiene respeto por el prójimo. El otro personaje es una viuda, una persona en una situación de debilidad. En la Biblia, la viuda y el huérfano son las categorías más necesitadas, porque están indefensas y sin medios. La viuda va al juez y le pide justicia. Sus posibilidades de ser escuchada son casi nulas, porque el juez la desprecia y ella no puede hacer ninguna presión sobre él. Y menos apelar a principios religiosos, porque el juez no teme a Dios. Por eso esta viuda parece privada de toda posibilidad. Pero ella insiste, pide sin cansarse, es inoportuna, y así al fin logra obtener del juez el resultado. En este punto Jesús hace una reflexión, usando el argumento a fortiori [=con mayor razón; cuanto más]: si un juez injusto al final se deja convencer por la súplica de una viuda, cuanto más Dios, que es bueno, escuchará a quien le ruega. Dios de hecho es la generosidad en persona, es misericordioso, y por tanto está siempre dispuesto a escuchar las oraciones. Por tanto, nunca debemos desesperar, sino insistir siempre en la oración.
La conclusión del pasaje evangélico habla de la fe: “Cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará fe sobre la tierra?” (Lc 18,8). Es una pregunta que quiere suscitar un aumento de fe por nuestra parte. Está claro de hecho que la oración debe ser expresión de fe, en caso contrario no es verdadera oración. Si uno no cree en la bondad de Dios, no puede rezar de una manera verdaderamente adecuada. La fe es esencial como base de la actitud de la oración.

Santa Battista Camilla Varano, monja clarisa del siglo XV, testimonió acabadamente el sentido evangélico de la vida, especialmente perseverando en la oración. Habiendo entrado a los 23 años en el monasterio de Urbino, se insertó como protagonista en ese vasto movimiento de reforma de la espiritualidad femenina franciscana que intentaba recuperar plenamente el carisma de santa Clara de Asís. Promovió nuevas fundaciones monásticas en Camerino, donde fue elegida abadesa varias veces, en Fermo y en San Severino. La vida de santa Battista, totalmente inmersa en las profundidades divinas, fue una ascensión constante en el camino de la perfección, con un amor heroico a Dios y al prójimo. Estuvo marcada por grandes sufrimientos y místicas consolaciones; había decidido de hecho, como ella misma escribe, “entrar en el Sacratísimo Corazón de Jesús y ahogarse en el océano de sus acerbísimos sufrimientos”. En un momento en que la Iglesia sufría un relajamiento de las costumbres, ella recorre con decisión el camino de la penitencia y de la oración, animada por el ardiente deseo de renovación del Cuerpo místico de Cristo.

Tu fe te ha salvado... 28º TOC

Te comparto la parte final de la reflexión de Ileana Mortari para este domingo 28º durante el año.
http://www.chiediloallateologa.it/ileana/index.php

¿Cuál es el significado del episodio? En la óptica del evangelista Lucas es éste uno de los numerosos casos en los cuales los judíos, el “pueblo elegido”, no reconocen los “signos”, por otra parte claramente indicados en las Escrituras, que los llevarían a reconocer en Jesús el Mesías, el Salvador; mientras que tal reconocimiento adviene por parte de gente “lejana”, que no tenía el auxilio de los textos sagrados. ¡Cuántas veces Jesús exclama haber encontrado más fe en un extranjero (o extranjera) que en todo Israel! Y que en el caso de nuestro samaritano se trate de auténtica fe, se ve claramente en las palabras mismas de Jesús: “Levántate y vete, tu fe te ha salvado
Por lo tanto, los nueve judíos han sido “sanados”, él en cambio ha sido “salvado”, la diferencia es abismal. En el primer caso se trata de una recuperación de la salud a nivel físico, en el segundo de una renovación total, no sólo de la piel purulenta, sino de toda la persona, exterior e interior.
Y aquí es posible ver muy bien el nexo entre liberación y salvación en la perspectiva hebraico-cristiana. El Dios de Israel es sobre todo Aquel que libera de toda forma de esclavitud y de prisión en el plano concreto, histórico: pensemos en el éxodo del pueblo hebreo de Egipto y el retorno de Babilonia; y análogamente en el episodio de Lucas Jesús demuestra su poder divino sobre todo liberando a los diez enfermos de aquella condena física y civil que era la lepra.
Pero el Dios del Éxodo es también Aquel que pide a su pueblo (que ha liberado de los egipcios y de los babilonios) reconocerlo como su único Señor, de seguirlo observando sus mandamientos, de tener confianza en Él, Señor de la vida y Salvador, que triunfará sobre toda forma de mal y de sufrimiento individual y colectivo. El pueblo hebreo sin embargo ha permanecido en su historia, las más de las veces, sordo e ingrato frente a Jahvé.
Análogamente, Jesús se lamenta que, de diez sanados, sólo uno haya de verdad reconocido y agradecido, mostrando fe en él y (podríamos presumir) cambiando desde lo profundo su vida, es decir, “convirtiéndose”. Uno sobre diez, y para más extranjero. Esto debería hacernos reflexionar mucho, ya sea para preguntarnos con quién o quienes nos identificamos de las dos posiciones, ya sea para no asombrarnos tanto de la frase un tanto extraña que Jesús hubo pronunciado poco después: “Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?” (Lucas 18, 8)

jueves, 7 de octubre de 2010

Te alabo Padre ... Domingo 27º TOC

san Francisco de Asís

El día 3 de octubre –este año coincide con el Domingo- a la tarde-noche celebramos cada año el Tránsito del hermano Francisco de Asís. El día 4 de octubre propio celebramos la Solemnidad. Por esta razón posteo aquí párrafos de la Homilía del Hno Mtro Gral fray José Rodriguez Carballo OFM, de la Misa del día 4 de octubre.


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1.“Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños” (Mt 11, 25). ¡Qué hermoso que la Liturgia de la madre Iglesia haya querido inserir la fiesta de san Francisco en este himno de alegría pronunciado por Jesús! Y que ha visto al Poverello de Asís entre los pequeños a los que el Padre le ha revelado los misterios del Reino! ¡Qué hermoso volver escuchar este himno de alegría que prorrumpe del corazón de Cristo y que invade a san Francisco! Francisco ciertamente se constituyó para Jesús en una gran alegría, pues se encuentra entre los pequeños a los que el Padre le ha revelado los secretos ocultos que ni los sabios de este mundo, ni los inteligentes han podido penetrar.
2. Pero preguntémonos: ¿por qué el Padre ha ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y las ha revelado a los pequeños? ¿Por qué se las ha revelado al pequeño Francisco, a este Poverello que después de 800 años continuamos siguiendo y admirando con renovado asombro? Él, simplex et idiota (simple e idiota), come él mismo se solía presentar? La respuesta la encontramos si non ponemos frente a la vida de san Francisco, si miramos cuidadosamente su relación con el Señor y, en particular, su relación con el Señor que le hablaba. ¿Cuál es la relación entre el Poverello de Asís y la Palabra de Dios?
• Su acercamiento es sobre todo radicalmente RELACIONAL: yo – tú, sine glossa, sin interferencias. El corazón de Francisco se abre completamente al Señor que le habla. Es plenamente conciente de que en la Palabra es Dios mismo quien se nos hace cercano. De ello nace un diálogo profundo, continuo, constructivo. Un diálogo que hace fluir del corazón de Francisco un inmenso asombro, al ver que el Altísimo Dios se inclina ante su criatura: “Quién eres tú, Altísimo Señor Dios, y quien soy yo tu vil gusano?” Es precisamente esta ilimitada admiración que preserva el corazón de Francisco de toda tentación de sentirse sabio e inteligente, y lo mantiene en una profunda humildad y en una íntima alegría;
• Pero no es sólo relacional su acercamiento a la Palabra, también es COMUNIONAL: Francisco sabe bien que cuando el Señor le habla y él responde, se da una comunión que se va construyendo, sabe bien que la Palabra escuchada y, aún más comida, lo edifica como hombre de Dios. Sabe bien que para la ley del amor, nace la conformación entre el Señor que habla y él que escucha, entre el amante y el amado. Es precisamente esta íntima comunión el gran secreto de Francisco que él, como dejó escrito en la última Admonición (Adm 28), quiere conservar en lo profundo de su persona. Será el sello de los Estigmas el que hará visible a todos esta conformación al amado Crucificado. De esta manera, los signos de la Pasión impresos en la carne de Francisco expresan a un tiempo el máximo fruto de esta comunión de vida y la intención de Dios mismo de querer mostrar visiblemente a todos a su pequeño-grande Francisco.
• Otro rasgo característico de la relación con la Palabra es el que podremos llamar CONTINGENTE: la Palabra habla AHORA, habla AQUÍ. No en el pasado, no en otras geografías, sino precisamente en este momento, exactamente en este lugar en el que me encuentro. Francisco fue un excelente oyente en este sentido. Él fue muy cuidadoso en poner en práctica la Palabra, en donde se encontrara. En la óptica del amor, Francisco nunca hubiera soportado faltarle el respeto al Señor, haciéndolo esperar, dejando caer aunque fuera tan sólo una sílaba pronunciada por él, o dando interpretaciones que retrasaran la pronta ejecución. Junto con el Salmista, Francisco fue capaz de decir: “yo tengo siempre presente a Yahvé, con él a mi derecha no vacilo” (Sal 15,8).
• Así es que para Francisco la Palabra no es para acogerse de manera intelectual, para saber sola verba (solamente palabras) – como afirma en la Admonición séptima (Adm 7,3) – sino de manera existencial, reconociéndola como fundamento de la propia existencia. Así es como el pequeño Francisco pudo conocer los misterios divinos, en su humildad, en su pequeñez y simplicidad. Así fue como pudo tener el don de la compresión de la Escritura: “poseía dentro de sí –afirma san Buenaventura (LM XI,2)- al Maestro de las sagradas letras, por la plenitud de la unción del Espíritu Santo”.
3. “En cuanto a mí, ¡Dios me libre de presumir si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo” (Gal 6,14). El otro libro estudiado con amor por san Francisco es la Cruz de Cristo, el Hijo de Dios Crucificado. Ya en el tugurio de Rivotorto, cuando los hermanos eran todavía pocos y no tenían libros, Francisco “repasaba día y noche con mirada continua el libro de la Cruz de Cristo” (LM IV, 3). Desde el inicio hasta el final de su vida, desde el encuentro con el Crucifijo de San Damián a la impresión de los Estigmas en el Alverna, el Crucificado está delante de los ojos de Francisco como el Amor de Dios que se ha dejado clavar en la cruz por nuestra salvación. Y es este amor que Francisco quiere acoger, conformándose a él, haciéndose semejante. ¡La acogida del Crucificado ha sido tal que se convierte en con- crucificado! Una vez más, la cruz fue para Francisco, la clave para comprender las Escrituras, para entender plenamente la Palabra de Dios. Fue precisamente esta clave, la Pasión de Dios por sus criaturas, quien hizo al pequeño Francisco un gran sabio, una verdadera “exégesis de la palabra de Dios”.