sábado, 21 de agosto de 2010

La puerta estrecha. Domingo 21 TOC.

Entrada a la Basílica de la Natividad en Belén.

Comparto aquí la reflexión de Enzo Bianchi, Prior del Monasterio de Bose, sobre el Evangelio de este Domingo 21 del Tiempo durante el año, ciclo C, cuyas lecturas podés encontrar en el blog diesdomini.

¿Cómo salvarse, cómo ser salvado? Esta pregunta que habita el corazón de todos los hombres –pregunta que a veces se manifiesta como una búsqueda hecha con determinación, otras como un grito desesperado y en otras bajo la forma de un gemido mudo- está en el centro del Evangelio de este domingo.

Jesús está en camino hacia Jerusalén, está recorriendo decididamente (cf Lc 9,51) el camino que lo llevará a la injusta muerte de cruz. A alguien que se le acerca y le pregunta: «¿Son pocos los que se salvan?» El responde: «Luchen por entrar por la puerta estrecha, porque muchos intentarán entrar pero no podrán». «La vida cristiana requiere esfuerzo, fatiga, exige “pelear el buen combate de la fe” (1 Tim 6,12) », no es una lucha contra otros hombres, sino una batalla que cada uno de nosotros combate en el propio corazón contra el dominio del mal y del pecado (cf Ef 6,10-17), contra «el pecado, que siempre nos asedia» (Heb 12,1), contra aquellas pulsiones que dormitan en nuestras profundidades y que, con frecuencia, se despiertan con una prepotencia agresiva, hasta asumir el rostro de tentaciones seductoras... Es la misma batalla que combatió y en la que venció Jesús mediante su fidelidad a la Palabra de Dios y la oración, desde la victoria en las tentaciones del desierto (cf Lc 4,1-13) a la noche de Getsemaní (cf Lc 22, 39-46) y por cierto hasta la cruz (cf Lc 23, 33-34), él vive en primera persona tal lucha y también en esto es la puerta a través de la cual se entra en el Reino (cf Jn 10,7).
No se trata de voluntarismo, de un esfuerzo que arrebate la salvación, sino de predisponer cada fibra de nuestro ser para acoger el don de la gracia de Dios, «porque Él quiere que todos se salven» (1Tim 2,4), y a todos ofrece esta salvación en Jesucristo; es a Cristo mismo a quien podemos invocar con plena confianza, «¡Que en mi lucha estés Tú luchando!» (Sal 42,1; 118,154). Sí, nuestra “batalla” tiene sentido y esperanza de victoria sólo si pasa a través de la relación con Jesús. Por esto Él habla de un dueño de casa, el Señor, que puede abrir o cerrar la puerta; el juicio sobre cada uno de nosotros pertenece sólo a Él. Y es un juicio que develará la verdad profunda de nuestra vida, la realidad de nuestra comunión vivida, en mayor o menor medida, con Cristo, es decir el nuestro haber amado, en mayor o menor medida, a los otros como Él los ha amado (cf Jn 13,34; 15,12), los otros en quienes Él está presente (Mt 25, 31-46). Esto es lo que cuenta, no la garantía que pretendemos adquirir de nuestra pertenencia eclesial («Tú, Señor, has enseñado en nuestras plazas»), o de nuestra participación en el sacramento de la Eucaristía («Hemos comido y bebido en tu presencia»). Si no vivimos el amor hoy, de nada nos servirá en el último día tocar a la puerta y suplicar, «¡Señor, ábrenos!» entonces oiremos responder: « No los conozco, no sé de donde son ustedes... Aléjense de mí todos ustedes que obran la injusticia!».
Jesús agrega luego una palabra de gran esperanza, «Y vendrán muchos de Oriente y de Occidente, del Norte y del Sur, a ocupar su lugar en el banquete del Reino de Dios.» Es el banquete escatológico ya anunciado por los profetas (cf Is 25,6-10; 66, 18-21), abierto a las mujeres y a los hombres de toda la tierra. Jesús ha inaugurado este banquete al sentarse en la mesa junto a los publicanos y pecadores (cf Lc 7,34); con su práctica de humanidad Él nos ha descripto que cosa es una vida salvada, una vida plenamente humana, capaz de amar la tierra y de servir a Dios en libertad y por amor. Es al término de esta vida que Jesús hizo resonar, para todos, su promesa: «Yo prepararé para ustedes un reino para que coman y beban en mi mesa» (cf Lc 22, 29-30). Esta es la meta que nos espera y la única condición requerida para tomar parte de esta gozosa fiesta escatológica, del “banquete de bodas del Cordero” (Apoc 19,9), es la buena lucha por vivir, aquí y ahora, como Jesús ha vivido.
“Hay algunos que son los últimos y serán los primeros, y hay otros que son los primeros y serán los últimos”, esta última afirmación de Jesús nos pone en guardia, es una importante monición a valorar el hoy de nuestra existencia no según criterios mundanos o superficiales, sino con sus mismos ojos. No olvidemos lo que escribía san Agustín: “En el último día muchos que se consideraban estar adentro se descubrirán afuera, mientras que muchos que pensaban estar afuera serán encontrados adentro”...

lunes, 7 de junio de 2010

Corpus Christi

Con el corazón todavía puesto en el Misterio del Santísimo Cuerpo y Sangre de Jesús en la Eucaristía, iluminando y fortaleciendo nuestra vida diaria, pongamos el oído a esta reflexión del Papa Benedicto XVI, hecha en la Homilía de la Misa del jueves 3 de este 2010, en Roma.

Homilía en la Solemnidad del “Corpus Christi”

Queridos hermanos y hermanas

El sacerdocio del Nuevo Testamento está estrechamente ligado a la Eucaristía. Por esto hoy, en la solemnidad del Corpus Domini y casi al término del Año Sacerdotal, somos invitados a meditar sobre la relación entre la Eucaristía y el Sacerdocio de Cristo. En esta dirección nos orientan también la primera lectura y el salmo responsorial, que presentan la figura de Melquisedec. El breve pasaje del Libro del Génesis (cfr 14,18-20) afirma que Melquisedec, rey de Salem, era "sacerdote del Dios altísimo", y por esto "ofreció pan y vino" y "bendijo a Abraham", que volvía de una victoria en la batalla; Abraham mismo le dio el diezmo de todo. El salmo, a su vez, contiene en la última estrofa una expresión solemne, un juramento de Dios mismo, que declara al Rey Mesías: “Tú eres sacerdote para siempre / a semejanza de Melquisedec" (Sal 110,4); así el Mesías es proclamado no sólo Rey, sino también Sacerdote. De este pasaje parte el autor de la Carta a los Hebreos para su amplia y articulada exposición. Y nosotros lo hemos recogido en el estribillo: "Tu eres sacerdote para siempre, Cristo Señor": casi una profesión de fe, que adquiere un particular significado en la fiesta de hoy. Es la alegría de la comunidad, la alegría de la Iglesia entera, que contemplando y adorando al Santísimo Sacramento, reconoce en él la presencia real y permanente de Jesús sumo y eterno Sacerdote.


La segunda lectura y el Evangelio llevan en cambio la atención al misterio eucarístico. De la Primera Carta a los Corintios (cfr 11,23-26) se ha tomado el pasaje fundamental en el que san Pablo recuerda a esa comunidad el significado y el valor de la "Cena del Señor", que el Apóstol había transmitido y enseñado, pero que corría el riesgo de perderse. El Evangelio en cambio es el relato del milagro de los panes y de los peces, en la redacción de san Lucas: un signo atestiguado por todos los evangelistas y que preanuncia el don que Cristo hará de sí mismo, para dar a la humanidad la vida eterna. Ambos textos ponen de relieve la oración de Cristo, en el momento de partir el pan. Naturalmente, hay una diferencia clara entre los dos momentos; cuando reparte los panes y los peces a la multitud, Jesús da gracias al Padre celestial por su providencia, confiando en que Él no hará faltar el alimento a toda aquella gente. En la Última Cena, en cambio, Jesús transforma el pan y el vino en su propio Cuerpo y Sangre, para que los discípulos puedan nutrirse de Él y vivir en comunión íntima y real con Él.


La primera cosa que hay que recordar siempre es que Jesús no era un sacerdote según la tradición judaica. La suya no era una familia sacerdotal. No pertenecía a la descendencia de Aarón, sino a la de Judá, y por tanto legalmente le estaba excluida la vía del sacerdocio. La persona y la actividad de Jesús de Nazaret no se colocan en la estela de los sacerdotes antiguos, sino más bien en la de los profetas. Y en esta línea, Jesús tomó distancia con una concepción ritual de la religión, criticando la postura que daba mayor valor a los preceptos humanos ligados a la pureza ritual más que a la observancia de los mandamientos de Dios, es decir, al amor de Dios y al prójimo, que como dice el Evangelio, “vale más que todos los holocaustos y sacrificios” (Mc 12,33). Incluso dentro del Templo de Jerusalén, lugar sagrado por excelencia, Jesús lleva a cabo un gesto exquisitamente profético, cuando expulsa a los cambistas y a los vendedores de animales, cosas todas que servían para la ofrenda de los sacrificios tradicionales. Por tanto, Jesús no es reconocido como un Mesías sacerdotal, sino profético y real. También su muerte, que nosotros los cristianos llamamos justamente "sacrificio", no tenía nada de los sacrificios antiguos, al contrario, era totalmente lo opuesto: la ejecución de una condena a muerte, por crucifixión, la más infamante, sucedida fuera de los muros de Jerusalén.


Entonces, ¿en qué sentido Jesús es sacerdote? Nos lo dice precisamente la Eucaristía. Podemos volver a partir de esas sencillas palabras que describen a Melquisedec: “ofreció pan y vino” (Gn 14,18). Y esto es lo que hizo Jesús en la Última Cena: ofreció pan y vino, y en ese gesto se resumió totalmente a sí mismo y a su propia misión. En ese acto, en la oración que lo precede y en las palabras que lo acompañan está todo el sentido del misterio de Cristo, tal y como lo expresa la Carta a los Hebreos en un pasaje decisivo, que es necesario citar: "Habiendo ofrecido en los días de su vida mortal – escribe el autor, refiriéndose a Jesús – ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente, y aun siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia; y llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen, proclamado por Dios Sumo Sacerdote a semejanza de Melquisedec" (5,8-10). En este texto, que claramente alude a la agonía espiritual del Getsemaní, la pasión de Cristo se presenta como una oración y como una ofrenda. Jesús afronta su “hora”, que lo conduce a la muerte de cruz, inmerso en una profunda oración, que consiste en la unión de su propia voluntad con la del Padre. Esta doble y única voluntad es una voluntad de amor. Vivida en esta oración, la trágica prueba que Jesús afronta es transformada en ofrenda, en sacrificio viviente.


Dice la Carta que Jesús "fue escuchado". ¿En qué sentido? En el sentido de que Dios Padre lo liberó de la muerte y lo resucitó. Fue escuchado precisamente por su pleno abandono a la voluntad del Padre: el designio de amor de Dios ha podido realizarse perfectamente en Jesús, que, habiendo obedecido hasta el extremo de la muerte en cruz, se ha convertido en “causa de salvación” para todos aquellos que le obedecen. Se ha convertido en Sumo Sacerdote por haber tomado Él mismo sobre sí todo el pecado del mundo, como “Cordero de Dios”. Es el Padre el que le confiere este sacerdocio en el momento mismo en que Jesús atraviesa el paso de su muerte y resurrección. No es un sacerdocio según el ordenamiento de la ley mosaica (cfr Lv 8-9), sino "según el orden de Melquisedec", según un orden profético, dependiente sólo de su relación singular con Dios.


Volvamos a la expresión de la Carta a los Hebreos que dice: “aun siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia”. El sacerdocio de Cristo comporta el sufrimiento. Jesús ha sufrido verdaderamente, y lo ha hecho por nosotros. Él era el Hijo y no tenía necesidad de aprender la obediencia, pero nosotros sí, teníamos y tenemos necesidad siempre de ella. Por ello el Hijo asumió nuestra humanidad y se dejó “educar” por nosotros en el crisol del sufrimiento, se dejó transformar por él, como el grano de trigo que para dar fruto debe morir en la tierra. A través de este proceso Jesús ha sido “perfeccionado”, en griego teleiotheis. Debemos detenernos en este término, porque es muy significativo. Éste indica el cumplimiento de un camino, es decir, precisamente el camino de educación y transformación del Hijo de Dios mediante el sufrimiento, mediante la pasión dolorosa. Es gracias a esta transformación que Jesucristo se ha convertido en "sumo sacerdote" y puede salvar a todos aquellos que se confían a Él. El término teleiotheis, traducida justamente como “hecho perfecto”, pertenece a una raíz verbal que, en la versión griega del Pentateuco, es decir, los primeros cinco libros de la Biblia, se usa siempre para indicar la consagración de los antiguos sacerdotes. Este descubrimiento es muy precioso, porque nos dice que la pasión fue para Jesús como una consagración sacerdotal. Él no era sacerdote según la Ley, pero lo ha llegado a ser de forma existencial en su Pascua de pasión, muerte y resurrección: se ofreció a sí mismo en expiación y el Padre, exhaltándolo por encima de toda criatura, lo ha constituido Mediador universal de salvación.


Volvamos, en nuestra meditación, a la Eucaristía, que dentro de poco estará en el centro de nuestra asamblea litúrgica. En ella Jesús anticipó su Sacrificio, un Sacrificio no ritual, sino personal. En la Última Cena Él actúa movido por ese "espíritu eterno" con el que se ofrecerá después sobre la Cruz (cfr Hb 9,14). Dando las gracias y bendiciendo, Jesús transforma el pan y el vino. Es el amor divino que transforma: el amor con que Jesús acepta por anticipado darse completamente a sí mismo por nosotros. Este amor no es otro que el Espíritu Santo, el Espíritu del Padre y del Hijo, que consagra el pan y el vino y cambia su sustancia en el Cuerpo y en la Sangre del Señor, haciendo presente en el Sacramento el mismo Sacrificio que se realiza después de forma cruenta en la Cruz. Podemos por tanto concluir que Cristo fue sacerdote verdadero y eficaz porque estaba lleno de la fuerza del Espíritu Santo, estaba lleno de toda la plenitud del amor de Dios, y esto precisamente “en la noche en que fue traicionado”, precisamente en la “hora de las tinieblas” (cfr Lc 22,53). Es esta fuerza divina, la misma que realizó la Encarnación del Verbo, la que transforma la extrema violencia y la extrema injusticia en un acto supremo de amor y de justicia. Esta es la obra del sacerdocio de Cristo, que la Iglesia ha heredado y prolonga en la historia, en la doble forma del sacerdocio común de los bautizados y del ordenado de los ministros, para transformar el mundo con el amor de Dios. Todos, sacerdotes y fieles, nos nutrimos de la misma Eucaristía, todos nos postramos a adorarla, porque en ella está presente nuestro Maestro y Señor, está presente el verdadero Cuerpo de Jesús, Víctima y Sacerdote, salvación del mundo. ¡Venid, exultemos con cantos de alegría! ¡Venid, adoremos! Amén.

ROMA, jueves 3 de junio de 2010.

sábado, 26 de abril de 2008

Parakletos


En la Audiencia General del 4 de mayo de 1989 Juan Pablo II nos explicaba el nombre de Paráclito dado al Espíritu Santo, aquí la compartimos y como los otros dos aportes de hoy lo hago en relación al sexto domingo del tiempo pascual. Aprovechemos para agradecer una vez más por todo el Ministerio de nuestro amado Juan Pablo II y elevemos confiados una súplica por él pidiéndole a su vez que interceda por nuestras misiones y trabajos, por nuestras vocaciones, al Padre de las misericordias, a Dios que es el Amor. Hasta el Domingo próximo, Dios mediante.


"Parakletos". El Espíritu Santo, nuestro Abogado Defensor

1. En la pasada catequesis sobre el Espíritu Santo hemos partido del texto de Juan tomado del “discurso de despedida” de Jesús, que constituye, en cierto modo, la principal fuente evangélica de la neumatología. Jesús anuncia la venida del Espíritu Santo, Espíritu de la verdad, que “procede del Padre” (Jn 15, 26) y que será enviado por el Padre a los Apóstoles y a la Iglesia “en el nombre” de Cristo, en virtud de la redención llevada a cabo en el sacrificio de la cruz, según el eterno designio de salvación. Por la fuerza de este sacrificio también el Hijo “envía” el Espíritu, anunciando que su venida se efectuará como consecuencia y casi al precio de su propia partida (cf. Jn 16, 17). Hay, por tanto, un vínculo establecido por el mismo Jesús, entre su muerte ―resurrección― ascensión y la efusión del Espíritu Santo, entre Pascua y Pentecostés. Más aún, según el IV Evangelio, el don del Espíritu Santo se concede la misma tarde de la resurrección (cf. Jn 20, 22-25). Se puede decir que la herida del costado de Cristo en la cruz abre el camino a la efusión del Espíritu Santo, que será un signo y un fruto de la gloria obtenida con la pasión y muerte.
El texto del discurso de Jesús en el Cenáculo nos manifiesta también que Él llama al Espíritu Santo el “Paráclito”: “Yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito para que esté con vosotros para siempre” (Jn 14, 16). De forma análoga, también leemos en otros textos: “... el Paráclito, el Espíritu Santo” (cf. Jn 14, 26; Jn 15, 26; Jn 16, 7). En vez de “Paráclito” muchas traducciones emplean la palabra “Consolador”; ésta es aceptable, aunque es necesario recurrir al original griego “Parakletos” para captar plenamente el sentido de lo que Jesús dice del Espíritu Santo.
2. “Parakletos” literalmente significa: “aquel que es invocado” (de para-kaléin, “llamar en ayuda”); y, por tanto, “el defensor”, “el abogado”, además de “el mediador”, que realiza la función de intercesor (“intercessor”). Es en este sentido de “Abogado - Defensor”, el que ahora nos interesa, sin ignorar que algunos Padres de la Iglesia usan “Parakletos” en el sentido de “Consolador”, especialmente en relación a la acción del Espíritu Santo en lo referente a la Iglesia. Por ahora fijamos nuestra atención y desarrollamos el aspecto del Espíritu Santo como Parakletos-Abogado-Defensor. Este término nos permite captar también la estrecha afinidad entre la acción de Cristo y la del Espíritu Santo, como resulta de un ulterior análisis del texto de Juan.
3. Cuando Jesús en el Cenáculo, la vigilia de su pasión, anuncia la venida del Espíritu Santo, se expresa de la siguiente manera: “El Padre os dará otro Paráclito”. Con estas palabras se pone de relieve que el propio Cristo es el primer Paráclito, y que la acción del Espíritu Santo será semejante a la que Él ha realizado, constituyendo casi su prolongación.
Jesucristo, efectivamente, era el “defensor” y continúa siéndolo. El mismo Juan lo dirá en su Primera Carta: “Si alguno peca, tenemos a uno que abogue (Parakletos) ante el Padre: a Jesucristo, el Justo” (1 Jn 2, 1).
El abogado (defensor) es aquel que, poniéndose de parte de los que son culpables debido a los pecados cometidos, los defiende del castigo merecido por sus pecados, los salva del peligro de perder la vida y la salvación eterna. Esto es precisamente lo que ha realizado Cristo. Y el Espíritu Santo es llamado “el Paráclito”, porque continúa haciendo operante la redención con la que Cristo nos ha librado del pecado y de la muerte eterna.
4. El Paráclito será “otro abogado-defensor” también por una segunda razón. Permaneciendo con los discípulos de Cristo, Él los envolverá con su vigilante cuidado con virtud omnipotente. “Yo pediré al Padre ―dice Jesús― y os dará otro Paráclito para que esté con vosotros para siempre” (Jn 14, 16): “...mora con vosotros y en vosotros está” (Jn 14, 17). Esta promesa está unida a las otras que Jesús ha hecho al ir al Padre: “Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). Nosotros sabemos que Cristo es el Verbo que “se hizo carne y puso su Morada entre nosotros” (Jn 1, 14). Sí, yendo al Padre, dice: “Yo estoy con vosotros... hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20), se deduce de ello que los Apóstoles y la Iglesia tendrán que reencontrar continuamente por medio del Espíritu Santo aquella presencia del Verbo-Hijo, que durante su misión terrena era “física” y visible en la humanidad asumida, pero que, después de su ascensión al Padre, estará totalmente inmersa en el misterio. La presencia del Espíritu Santo que, como dijo Jesús, es íntima a las almas y a la Iglesia (“él mora con vosotros y en vosotros está”: Jn 14, 17), hará presente a Cristo invisible de modo estable, “hasta el fin del mundo”. La unidad trascendente del Hijo y del Espíritu Santo hará que la humanidad de Cristo, asumida por el Verbo, habite y actúe dondequiera que se realice, con la potencia del Padre, el designio trinitario de la salvación.
5. El Espíritu Santo-Paráclito será el abogado defensor de los Apóstoles, y de todos aquellos que, a lo largo de los siglos, serán en la Iglesia los herederos de su testimonio y de su apostolado, especialmente en los momentos difíciles que comprometerán su responsabilidad hasta el heroísmo. Jesús lo predijo y lo prometió: “os entregarán a los tribunales... seréis llevados ante gobernadores y reyes... Mas cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo o qué vais a hablar... no seréis vosotros los que hablaréis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que hablará en vosotros” (Mt 10, 17-20; análogamente Mc 13, 11; Lc 12, 12, dice: “porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel mismo momento lo que conviene decir”).
También en este sentido tan concreto, el Espíritu Santo es el Paráclito-Abogado. Se encuentra cerca de los Apóstoles, más aún, se les hace presente cuando ellos tienen que confesar la verdad, motivarla y defenderla. Él mismo se convierte, entonces, en su inspirador; él mismo habla con sus palabras, y juntamente con ellos y por medio de ellos da testimonio de Cristo y de su Evangelio. Ante los acusadores Él llega a ser como el “Abogado” invisible de los acusados, por el hecho de que actúa como su patrocinador, defensor, confortador.
6. Especialmente durante las persecuciones contra los Apóstoles y contra los primeros cristianos, y también en aquellas persecuciones de todos los siglos, se verificarán las palabras que Jesús pronunció en el Cenáculo: “Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré junto al Padre..., él dará testimonio de mí. Pero también vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio” (Jn 15, 26 - 27).
La acción del Espíritu Santo es “dar testimonio”. Es una acción interior, “inmanente”, que se desarrolla en el corazón de los discípulos, los cuales, después, dan testimonio de Cristo al exterior. Mediante aquella presencia y aquella acción inmanente, se manifiesta y avanza en el mundo el “trascendente” poder de la verdad de Cristo, que es el Verbo-Verdad y Sabiduría. De Él deriva a los Apóstoles, mediante el Espíritu, el poder de dar testimonio según su promesa: “Yo os daré una elocuencia y una sabiduría a la que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros adversarios” (Lc 21, 15). Esto viene sucediendo ya desde el caso del primer mártir, Esteban, del que el autor de los Hechos de los Apóstoles escribe que estaba “lleno del Espíritu Santo” (Hch 6, 5), de modo que los adversarios “no podían resistir a la sabiduría y al Espíritu con que hablaba” (Hch 6, 10). También en los siglos sucesivos los adversarios de la fe cristiana han continuado ensañándose contra los anunciadores del Evangelio, apagando a veces su voz en la sangre, sin llegar, sin embargo, a sofocar la Verdad de la que eran portadores: ésta ha seguido fortaleciéndose en el mundo con la fuerza del Espíritu Santo.
7. El Espíritu Santo ―Espíritu de la verdad, Paráclito― es aquel que, según la palabra de Cristo, “convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio” (Jn 16, 8). Es significativa la explicación que Jesús mismo hace de estas palabras: pecado, justicia y juicio. “Pecado” significa, sobre todo, la falta de fe que Jesús encuentra entre “los suyos”, es decir, los de su pueblo, los cuales llegaron incluso a condenarle a muerte en la cruz. Hablando después de la “justicia”, Jesús parece tener en mente aquella justicia definitiva, que el Padre le hará (“... por que voy al Padre”) en la resurrección y en la ascensión al cielo. En este contexto, “juicio” significa que el Espíritu de la verdad mostrará la culpa del “mundo” al rechazar a Cristo, o, más generalmente, al volver la espalda a Dios. Pero puesto que Cristo no ha venido al mundo para juzgarlo o condenarlo, sino para salvarlo, en realidad también aquel “convencer respecto al pecado” por parte del Espíritu de la verdad tiene que entenderse como intervención orientada a la salvación del mundo, al bien último de los hombres.
El “juicio” se refiere sobre todo al “príncipe” de este mundo, es decir, a Satanás. Él, en efecto, desde el principio intenta llevar la obra de la creación contra la alianza y la unión del hombre con Dios: se opone conscientemente a la salvación. Por esto “ha sido ya juzgado” desde el principio, como expliqué en la Encíclica
Dominum et vivificantem (n. 27).
8. Si el Espíritu Santo Paráclito debe convencer al mundo precisamente de este “juicio”, sin duda lo tiene que hacer para continuar la obra de Cristo que mira a la salvación universal (cf.
Dominum et vivificantem n. 27.).
Por tanto, podemos concluir que en el dar testimonio de Cristo, el Paráclito es un asiduo (aunque invisible) Abogado y Defensor de la obra de la salvación, y de todos aquellos que se comprometen en esta obra. Y es también el Garante de la definitiva victoria sobre el pecado y sobre el mundo sometido al pecado, para librarlo del pecado e introducirlo en el camino de la salvación.

Paraclete

Les comparto aquí una consideración del significado de la palabra Paráclito, su origen, esto en relación al Evangelio de este sexto Domingo del tiempo pascual.

Why the Holy Spirit is called the "Paraclete"

In John’s Gospel, Jesus refers to the Holy Spirit as the Paraclete. The term Paraclete is derived from the Latin word Paraclitus, which in turn comes from the ancient Greek word Paraclitos (paraclitos). Paraclitos is formed from two Greek words: (1) para which is a preposition meaning near to, or by the side of, (hence we have words like parallel [a line which runs alongside another line], paralegal [someone who works alongside a lawyer], paradox [something placed in contrast to what would have been expected], etc.; (2) clitos means someone who is called, as for example when someone is called on for help or called for military service.
Together these two root words, para-clete, mean literally someone called to the side of another. While we do not have a specific word in English to designate someone called to the side of someone else, the term Paraclete was quite a useful one in ancient Greece. It was used to describe someone called to the side of another person to defend him or her in battle, or in the court room, or to console someone in grief, or counsel someone in difficulty. When Christ was preparing to leave His disciples, He told them that He would send them the Holy Spirit, and referred to the Holy Spirit as the Paraclete. The Holy Spirit as the Paraclete was sent or called to the side of the Apostles to guide, defend, inspire, counsel, encourage, and do much more in the early Church.
The Holy Spirit, the Paraclete, continues to do all this today, provided we only believe in Christ and call upon the Holy Spirit to help us. What father among you, if his son asks for a fish, will instead of a fish give him a serpent; or if he asks for an egg, will give him a scorpion? If you then, who are evil, know how to give good gifts to your children, how much more will the heavenly Father give the Holy Spirit to those who ask him!" (Luke 11:11-13)

Paráclito

Reencontrándonos después de un tiempo de trabajos y misiones les comparto la reflexión de P. Raniero para este sexto Domingo del tiempo pascual:

VI Domingo de Pascua

Hechos 8,5-8.14-17; 1 Pedro 3,15-18; Juan 14, 15-21

Ser paráclitos

En el Evangelio Jesús habla del Espíritu Santo a los discípulos con el término «Paráclito», que significa consolador, o defensor, o las dos cosas a la vez. En el Antiguo Testamento, Dios es el gran consolador de su pueblo. Este «Dios de la consolación» (Rm 15,4) se ha «encarnado» en Jesucristo, quien se define de hecho como el primer consolador o Paráclito (Jn 14,15). El Espíritu Santo, siendo aquel que continúa la obra de Cristo y que lleva a cumplimento las obras comunes de la Trinidad, no podía dejar de definirse, también Él, Consolador, «el Consolador que estará con vosotros para siempre», como le define Jesús. La Iglesia entera, después de la Pascua, tuvo una experiencia viva y fuerte del Espíritu como consolador, defensor, aliado, en las dificultades externas e internas, en las persecuciones, en los procesos, en la vida de cada día. En Hechos de los Apóstoles leemos: «La Iglesia se edificaba y progresaba en el temor del Señor y estaba llena de la consolación (¡paráclesis!) del Espíritu Santo» (9,31).
Debemos ahora sacar de ello una consecuencia práctica para la vida. ¡Tenemos que convertirnos nosotros mismos en paráclitos! Si bien es cierto el cristiano debe ser «otro Cristo», es igualmente cierto que debe ser «otro Paráclito». El Espíritu Santo no sólo nos consuela, sino que nos hace capaces de consolar a los demás. La consolación verdadera viene de Dios, que es el «Padre de toda consolación». Viene sobre quien está en la aflicción; pero no se detiene en él; su objetivo último se alcanza cuando quien ha experimentado la consolación se sirve de ella para consolar a su vez al prójimo, con la misma consolación con la que él ha sido consolado por Dios. No se conforma con repetir estériles palabras de circunstancia que dejan las cosas igual («¡Ánimo, no te desalientes; verás que todo sale bien!»), sino transmitiendo el auténtico «consuelo que dan las Escrituras», capaz de «mantener viva nuestra esperanza» (Rm 15,4). Así se explican los milagros que una sencilla palabra o un gesto, en clima de oración, son capaces de obrar a la cabecera de un enfermo. ¡Es Dios quien está consolando a esa persona a través de ti!
En cierto sentido, el Espíritu Santo nos necesita para ser Paráclito. Él quiere consolar, defender, exhortar; pero no tiene boca, manos, ojos para «dar cuerpo» a su consuelo. O mejor, tiene nuestras manos, nuestros ojos, nuestra boca. La frase del Apóstol a los cristianos de Tesalónica: «Confortaos mutuamente» (1Ts 5,11), literalmente se debería traducir: «sed paráclitos los unos de los otros». Si la consolación que recibimos del Espíritu no pasa de nosotros a los demás, si queremos retenerla egoístamente para nosotros, pronto se corrompe. De ahí el porqué de una bella oración atribuida a San Francisco de Asís, que dice: «Que no busque tanto ser consolado como consolar, ser comprendido como comprender, ser amado como amar...».
A la luz de lo que he dicho, no es difícil descubrir que existen hoy, a nuestro alrededor, paráclitos. Son aquellos que se inclinan sobre los enfermos terminales, sobre los enfermos de Sida, quienes se preocupan de aliviar la soledad de los ancianos, los voluntarios que dedican su tiempo a las visitas en los hospitales. Los que se dedican a los niños víctimas de abuso de todo tipo, dentro y fuera de casa.
Terminamos esta reflexión con los primeros versos de la Secuencia de Pentecostés, en la que el Espíritu Santo es invocado como el «consolador perfecto»:

«Ven, Padre de los pobres; ven, Dador de gracias, ven, luz de los corazones.
Consolador perfecto, dulce huésped del alma, dulcísimo alivio.
Descanso en la fatiga, brisa en el estío, consuelo en el llanto».