jueves, 20 de diciembre de 2007

Primera Lectura del Dgo. 23 de Dic.

Isaías 7, 10-14

El Señor habló a Ajaz en estos términos:

«Pide para ti un signo de parte del Señor, en lo profundo del Abismo, o arriba, en las alturas.»

Pero Ajaz respondió:

«No lo pediré ni tentaré al Señor».

Isaías dijo:

«Escuchen, entonces, casa de David: ¿Acaso no les basta cansar a los hombres, que cansan también a mi Dios? Por eso el Señor mismo les dará un signo. Miren, la joven está embarazada y dará a luz un hijo, y lo llamará con el nombre de Emanuel».

Salmo del Dgo. 23 de Dic.

Salmo 23, 1-6

R. Va a entrar el Señor, el rey de la gloria.

Del Señor es la tierra y todo lo que hay en ella,
el mundo y todos sus habitantes
porque Él la fundó sobre los mares,
Él la afirmó sobre las corrientes del océano.

¿Quién podrá subir a la Montaña del señor
y permanecer en su recinto sagrado?
El que tiene las manos limpias y puro el corazón;
el que no rinde culto a los ídolos.

Él recibirá la bendición del Señor,
la recompensa de Diso, su salvador.
Así son los que buscan al Señor,
los que buscan tu rostro, Dios de Jacob.

Segunda Lectura del Dgo. 23 de Dic.

Romanos 1, 1-7

Carta de Pablo, servidor de Jesucristo, llamado para ser Apóstol, y elegido para anunciar la Buena Noticia de Dios, que Él había prometido por medio de sus Profetas en las Sagradas Escrituras, acerca de su Hijo, Jesucristo, nuestro Señor,
nacido de la estirpe de David
según la carne,
y constituído Hijo de Dios con poder
según el Espíritu santificador,
por su resurrección de entre los muertos.
Por Él hemos recibido la gracia y la misión apostólica,
a fin de conducir a la obediencia de la fe,
para gloria de su Nombre,
a todos los pueblos paganos,
entre los cuales se encuentran también ustedes,
que han sido llamados por Jesucristo.
A todos los que están en Roma, amados de Dios, llamados a ser santos, lleguen la gracia y la paz, que proceden de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo.

Evangelio del Dgo. 23 de Dic.

Mateo 1,18-24

Éste fue el origen de Jesucristo:
María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto.
Mientras pensaba en esto, el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque Él salvará a su Pueblo de todos sus pecados».
Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el Profeta:
"La Virgen concebirá
y dará a luz un hijo, a quien pondrán
el nombre de Emanuel",
que traducido significa: «Dios con nosotros».
Al despertar, José hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado: llevó a María a su casa.

Sean fuertes, no teman

«No se quejen los unos de los otros» nos exhorta Santiago y está muy buena esta recomendación; más bien ejercitar la paciencia, con fortaleza y ternura. ¿Por qué desconfiar de uno mismo en este punto y dejar pasar la ocasión del anuncio? La queja se enciende en el contacto con la fragilidad del otro, con sus defectos, con su pecado incluso, cuando nos encuentra débiles y vacíos de Espíritu. El anuncio se inspira y se hace posible en ese mismo contacto fraterno desde la Palabra, en la comunicación de la Palabra sobre todo con la actitud de vida. Así también puedo leer la bienaventuranza del Evangelio de este tercer Domingo «¡feliz aquél para quien Yo no sea motivo de tropiezo!»
Que sea Él para nosotros la fuente de la alegría y el fortalecimiento en la paciencia, para poder anunciar así la Buena Noticia a los pobres.